Viajar desde Pilar hasta la Ciudad de Buenos Aires se convirtió, para miles de vecinos, en mucho más que un simple traslado diario: es una rutina que desgasta, agota y consume tiempo de vida. Según distintos relevamientos sobre movilidad urbana, quienes realizan este trayecto de forma habitual llegan a perder casi un mes entero al año atrapados en el tránsito, una cifra que pone en evidencia un problema estructural que sigue sin resolverse.
La escena se repite cada mañana: autopistas colapsadas, accesos saturados, accidentes que paralizan kilómetros y demoras que ya nadie considera excepcionales. El viaje, que en condiciones ideales podría demandar menos de una hora, fácilmente se estira a dos o más, especialmente en horarios pico. Y lo mismo ocurre al regreso, cuando la jornada laboral ya terminó pero el tiempo personal sigue quedando atrapado entre bocinas y embotellamientos.
Este fenómeno no solo impacta en la paciencia. Tiene consecuencias directas en la calidad de vida, la salud física y mental, el descanso y hasta en la economía familiar. Más horas en el tránsito implican menos tiempo con la familia, menos ocio y mayores gastos en combustible, peajes y mantenimiento del vehículo. Para quienes dependen del transporte público, el panorama no es mejor: trenes saturados, servicios irregulares y colectivos que también quedan presos del caos vial.
Pilar es uno de los distritos que más creció demográficamente en los últimos años, pero ese crecimiento no fue acompañado por una mejora proporcional en la infraestructura de transporte. La expansión urbana, el aumento del parque automotor y la falta de alternativas eficientes para llegar a la Ciudad generaron un cuello de botella que hoy parece naturalizado, aunque no debería serlo.
Mientras tanto, las soluciones estructurales siguen demoradas. La ampliación de accesos, la mejora del sistema ferroviario y el fortalecimiento del transporte público interjurisdiccional aparecen una y otra vez en los discursos, pero rara vez se traducen en cambios concretos para el vecino que todos los días sale de su casa de madrugada para llegar a tiempo a trabajar.
Perder un mes al año en el tránsito no es una estadística menor: es tiempo de vida. Y en una región donde el traslado diario se volvió una carrera contra el reloj, la discusión ya no debería ser solo cuánto tarda el viaje, sino cuánto estamos dispuestos a seguir perdiendo sin respuestas de fondo.




