Personajes ilustres

En homenaje a su fallecimiento, reeditamos esta nota que tiene al flaco querido como protagonista: Juan María Traverso y sus picardías en Beccar

Por Bartolomé Abella Nazar

En Beccar cuando teníamos 16 años  íbamos a misa todos los domingos a la capilla del Convento Santa Gema sobre la calle Sarandí a escasos 150 metros de donde vivían los Traverso. Por eso nos costaba comprender por qué iban en auto y no caminando. Era Juan María quien proponía el traslado vehicular maquinando un plan preconcebido previamente.

Belo Dolan padre pasionista de esa orden –un hombre de Dios que conocía mucho de lo que sabían los hombres y quizás porque nada de nosotros le era desconocido, se lo sentía tan cercano cuando nos hablaba del Señorlo recuerda Hugo Álvarez Saenz, muy querido por en la comunidad y el ambiente del rugby. Fanático hincha del San Isidro Club con su vozarrón inconfundible alentó desde las tribunas muchos partidos y compartió los terceros tiempos – celebraba la Santa Misa. La familia Traverso ocupaba los primeros bancos. El flaco con nosotros sus amigos los últimos. Sigilosamente nos íbamos escapando de la capilla y abordábamos el Rambler Ambasador. En la esquina quitábamos el tapón del escape dejándolo libre y hacia un ruido de un turismo de carretera. De inmediato comenzábamos a girar frenéticamente a toda velocidad por la calles de la manzana frente a la estación Beccar – Rivadavia, Ayacucho, Suipacha y Uriburu. En una esquina vivían unas hermanas y la mayor era pretendida por nuestro «piloto estrella” pero rechazado por su suegro gruñón a quien le dirigíamos gritos hostiles, blasfemias  y gruesos epítetos cada vez que girábamos frente a su casa, haciendo evidente nuestro reclamos frente al rechazo. La “travesura” concluía justo con la finalización de la misa  para volver a ocupar nuestros asientos en la capilla. El Rambler- forzado al máximo en el raid- quedaba recalentado, humeando para que los Traverso volvieran a casa.

Otro día esperando el colectivo 25 en la avenida del Libertador llegó el flaco con el Rambler íbamos a clase que compartimos en el querido “San Isidro Labrador”, famoso y emblemático instituto de educación, famoso por ser refugio de repetidores crónicos y por donde pasaron personalidades tales como Susana Giménez, Rubén Daray, Jose y Hernan Beccar Varela, Baby Echecopar por citar algunos– y donde nuestro padre Eduardo Abella Caprile fue Director del departamento de Educación Física durante años. Subido al Rambler camino al colegio por la Av del Libertador cruzamos la calle Primera Junta, un poco pasados de velocidad y con el empedrado húmedo, al llegar al cruce con Brown un colectivo de la línea 130 se cruzó obligándonos a frenar, lejos de ello el auto resbaló por la calzada y cuándo el impacto era eminente Juan María sacó patente de crack y en fracción de segundos pegó un volantazo impredecible hizo medio trompo y detuvo el auto a centímetros del bus, ante la horrorizada mirada de los pasajeros que vieron por la ventana  el episodio.

Estas risueñas anécdotas ocurridas cuando solo teníamos 18 años demuestran que Traverso nació crack, fue un distinto, un elegido en el arte de manejar cualquier tipo de vehículo en todas las épocas.

La mítica coupe Fuego protagonista de la historia
La mítica coupe Fuego protagonista de la historia

Con el grupo de amigos “los fierreros” nos juntábamos en la esquina de Uriburu y Suipacha con mi hermano Cristián, con los Aldos Marinucci y Cristófalo –dueño del almacén “El progreso” de la zona, Alejandro La­cour, Fernando Poggi, Peter Bertana y Juan María Traverso. En este grupo la principal preocupación estaba centrada en los pre­carios y antiguos medios de movilidad que disponíamos para usar los fines de semana.

Alejandro Lacour apareció con un Ford T año 1927 desvencijado color negro que tenía ruedas con rayos de madera. Llamado “Ford a bigote”. Tenía en los laterales del volante dos palancas, con una aceleraba y con la otra adelantaba o atrasaba el avance del distribuidor. Había que estar atento al darle el “manijazo” de arranque ya que si estaban descalibradas, generaba una contra explosión que le descolocaba el hombro a quien se animara. Durante la semana trabajamos entre to­dos para dejarlo en condiciones para usarlo los fines de semana.

Peter Bertana y Juan María Traverso –con más recursos– armaron un auto más moderno, una Ford A cupé modelo 1935, al que le reemplazaron el motor por un Ford V8, modelo 59 AB de más de 100 caballos de potencia. El motor quedó insta­lado pero el escaso presupuesto no alcanzó ni para los frenos ni para el circuito de lu­ces. La cupé volaba, frenaba poco y de noche a pesar de ser de color rojo solo se la distinguía por las llamaradas que salían de los escapes, era imposible verla.

Juan María Traverso y su esposa, junto a Bartolomé Abella Nazar en Pinamar
Juan María Traverso y su esposa, junto a Bartolomé Abella Nazar en Pinamar

Una noche y luego de horas de trabajo en la puesta a punto del motor, el flaco me invitó a probarla en un viaje por Libertador al Tigre. Regresábamos muy rápido por la avenida, exitadísimos y gritando de alegría por lo bien que andaba el auto. De los escapes cortos al lado del motor y en cada rebaje salían unas llamaradas azules y rojas mez­cladas con humo blanco. Cuando al llegar al cruce con la calle Uruguay, el chofer de un colectivo de la línea 710 asomó la trompa, y a pesar de escuchar el ruido, calculó mal la distancia y comenzó a cruzar la avenida delante nuestro cortándonos el paso. ¡Falta­ban menos de 30 metros para el impacto! Frenar imposible, esquivarlo menos. Me persigné, cruce mis brazos delante de mi frente y apreté los dientes preparán­dome para el choque. El flaco no dudó, y cuando llegó al punto del impacto- impredecible como siempre-, observó un resquicio entre el bus y la bocacalle, hizo un rebaje, pegó un volantazo y dobló hacia el bajo por la calle Uruguay. Esa arriesgada, inesperada pero exacta maniobra que sólo un piloto de excepción, con 18 años de edad, pudo inventar y ejecutar nos salvó la vida.

Fue tal la inercia de la virada que se abrió la puerta de la cupé de mi lado y no salí despedido debi­do a que los ingenieros de Ford hicieron la puerta pequeña y en la prolongación de la carrocería había un saliente donde quedé enganchado. Cuando llegamos a casa, el fla­co se bajó del auto, encendió un cigarrillo, hizo un gesto con la cara y con su habitual tono de voz tranquilo me dijo: “Que caga…”. No pude contestar.

Una tarde Juan María con su padre –una de las personas con la mayor bondad que con­ocí–me invito y fuimos a un taller Daporta en San Fernando. Al llegar el flaco entusi­asmado me mostró un montón de fierros desarmados y orgulloso confesó: “Este es un Torino liebre una y media de Marito García, también vecino de Ramallo y la vamos a comprar para empezar a correr”. Era el auto que corrieron Vianini, Pairetti y García Veiga. Marito pasaba al equipo General Motors y le cedía la plaza.

Le pregunté de dónde iba a sacar el dinero para semejante aventura y me respondió que iban a hacer unas kermeses y peñas en Ramallo para juntar dinero, que sumados al aporte de su abuela y su papá, intentarían el desafío. Pensé que había enloquecido. Juan María no solo había conseguido el auto, sino que logro torcer el brazo de su padre empeñado en que desista  de su intención de correr.

Esa tarde tuve sensaciones encontradas; por un lado el flaco cumplía su sueño de subirse a un auto de carrera, pero nos quedábamos con la nostalgia de perder al amigo de travesuras del barrio para ofrendarlo al automovilismo argentino y entregarle un piloto de excepción que brillo sin cesar durante 35 años para deleite de los argentinos.

Dedicados junto a Federico Vieytes y a Javito Lantaron a correr en lancha, en cada encuentro con el flaco, lo invitábamos a correr con nosotros en nuestra lancha Poseidón 28.

“No, el agua no es para mí» nos contestaba siempre con una sonrisa pícara.

Que Juan María Traverso fue de Ramallo o de Beccar queda para la charla de café en el imaginario popular. Cuando alguien traspasa la categoría de un ídolo y es tan grande la dimensión de sus logros pierde la pertenencia del lugar y pasa a ser de todos los que maravilló sentado en la butaca de un auto de carreras.

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